¿A veces sientes que hay una gran barrera entre tú y Dios? Podría ser una barrera de cualquier tipo, pero te impide experimentar lo que Dios ha prometido. Si es así, hay esperanza para ti en un evento importante que sucedió en la crucifixión de Jesús.

El breve y dramático relato de Marcos sobre la crucifixión de Jesús, describe el momento de su muerte:

Con un fuerte grito, Jesús dio su último suspiro.  La cortina del templo se rasgó en dos de arriba a abajo. (Marcos 15: 37, 38 ).

Después del último aliento de Jesús, podrías haber pensado que el escritor del evangelio habría pedido un momento de meditación tranquila sobre el significado de lo que acaba de suceder. Pero en lugar de llamar al lector a la reflexión espiritual, Marcos continúa directamente con la acción.

La razón por la cual el evangelio hace esto es porque hay una conexión directa e inmediata entre la muerte de Jesús y la ruptura de la cortina del templo. Un evento causa directamente el otro.

Los judíos creían que el templo en Jerusalén representaba un templo cósmico en los cielos, desde el cual Dios gobernaba el universo. Creían que el santuario interior del templo de Jerusalén, el Lugar Santísimo, representaba la sala del trono de Dios. El Lugar Santísimo estaba separado del resto del edificio del templo por una gran cortina.

Si bien no podemos ser precisos, se estima que esta cortina tenía 9 metros de alto y 10 cm de espesor. El que se rasgara de arriba a abajo en el momento de la muerte de Cristo fue ciertamente un acto sobrenatural.

Cuando Jesús respiró por última vez, la cortina del templo se rasgó de arriba abajo para anunciar al mundo que, debido al sacrificio completo de Jesús, todos los que creen ahora tienen acceso directo y pleno a Dios.

Entonces, hermanos, podemos entrar con toda libertad al Lugar Santísimo gracias a la sangre que Jesús derramó. Jesús abrió un camino nuevo para nosotros a través de la cortina. Él mismo es ese camino nuevo y vivo. Es decir, lo abrió ofreciendo su propio cuerpo como sacrificio. (Hebreos 10: 19-20)

En el momento en que Jesús murió, hizo un camino para que todos los que confían en él, ingresen al Lugar Santísimo, para ser aceptados ante el trono de Dios:

Cuando Jesús respiró por última vez, comenzó el primer aliento de tu verdadera vida.

Cuando Pablo escribe que Dios, nos creó y nos hizo sentarnos juntos en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Efesios 2: 6) él está hablando de nuestra posición ante Dios. Él está hablando de cómo Dios te ve por lo que Jesús ha hecho.

No importa cuán difícil pueda parecer esta vida, o cuán lejos de Dios te puedas sentir a veces, debido a lo que Jesús hizo a través de su propio cuerpo en el Calvario, ya no hay una barrera entre tú y Dios.

Cuando aceptaste lo que Jesús ha hecho por ti, estás sentado por fe en los lugares celestiales, en el Lugar Santísimo, justo delante del trono de Dios, como el amigo honrado de Dios. Eres su hijo, una parte de la familia.

En lo que respecta a Dios, ya no hay barreras entre ti y el cielo. Las únicas barreras que pueden existir son aquellas en tu mente; las barreras de la incredulidad.

Entonces, créelo hoy. Cuando Jesús respiró por última vez, comenzó el primer aliento de tu verdadera vida.

– Eliezer González


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