Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu. (2 Co 3.18).

Tratar de mejorar nuestro carácter, al margen del camino de Cristo, es como si la tripulación de un velero intentara poner en movimiento el barco en calma empujando los mástiles. O como un hombre que se ahoga y trata de salir del agua tirando del cabello de su propia cabeza.

Pablo nos enseñó la mejor manera. No podemos cambiarnos a nosotros mismos, eso es algo totalmente imposible.

“No se amolden al mundo actual, sino sean transformados” (Rom. 12. 2). Pero no podemos transformamos a nosotros mismos. Somos transformados al contemplar la gloria del Señor.

Cuando el corazón está lleno del amor de Cristo, las alternativas ofrecidas por la tentación aparecen en toda su miserable pobreza.

¡Podemos ser más que vencedores! (Romanos 8. 37). Si, tú y yo. No apretando los dientes, no con más resoluciones, sino exponiendo regularmente nuestros corazones y mentes al más importante entre diez mil, el único en total encantador.

Cristo ya aplastó la cabeza de la serpiente. Cristo ha juzgado y expulsado al príncipe de este mundo, y su victoria es por nosotros. Es Cristo quien pone enemistad entre nosotros y el mal. Cuando el corazón está lleno de la cosa más preciosa del universo, el amor de Cristo, entonces las alternativas que ofrece la tentación aparecen en toda su miserable pobreza. Frente a tentaciones incluso colosales, exclamamos victoriosamente: “¡No las quiero! Prefiero tener a Jesús».

– Desmond Ford

Reflexión: A veces es difícil para nosotros ver cómo hemos sido transformados por el amor de Dios, porque cuanto más nos acercamos a Jesús, más pecadores nos vemos a nosotros mismos. Pregúntale a un amigo cristiano de confianza que te conozca desde hace algún tiempo ¿Qué cambios ha visto en ti? Hablen al respecto.


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