Uno de los compañeros de Jesús tomó su espada, la sacó e hirió al sirviente del sumo sacerdote, cortándole la oreja. “Vuelve tu espada a su lugar”, le dijo Jesús, “porque todos los que sacan espada, a espada morirán” ( Mateo 26. 51–52 , NVI).

Estoy seguro de que Pedro pensó que estaba haciendo lo correcto. Era un hombre práctico, ¡y estos eran tiempos peligrosos! Entonces, Pedro había traído una espada al Jardín de Getsemaní.

Cuando Pedro blandió su espada, le cortó la oreja al líder de la multitud, el principal sirviente del mismo Sumo Sacerdote. Había estado apuntando al cuello, pero en el calor del momento, su puntería había sido pobre. En lugar de matar al hombre, solo le cortó la oreja. Había mucha sangre.

Jesús no necesita ayuda para salvarte.

Pero cuando se disponía a atacar de nuevo, Jesús lo detuvo y lo reprendió. La reprensión del Señor es para todos aquellos que piensan que necesitan ayudar un poco a Jesús.

Con demasiada frecuencia, mi espada es mi lengua. ¿También para tí?

Como Pedro, es hora de que bajes la espada. Arremeter con ella es tomar las armas del enemigo, con las que también pereceremos.

Verás, cuando fue traicionado, Jesús sabía lo que tenía que hacer. Y no necesitaba ninguna ayuda de Pedro. Jesús también sabe lo que tiene que hacer en tu vida. Lo que tienes que hacer es rendirte a Cristo y admitir que estás indefenso en la lucha. 

– Eliezer González

Reflexión: Estoy seguro de que Pedro recordó ese episodio como un momento particularmente vergonzoso en su vida. Piensa en un momento así de tu vida. ¿Cómo estabas tratando de ayudar a Jesús a salvarte? ¿Qué aprendiste?


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