El legalismo es un problema inquietante: nadie en este mundo, ni siquiera el creyente más maduro, abandona por completo su legalismo. Está arraigado en nosotros. Todos somos fariseos nacidos y somos propensos a medir cuánto nos ama Dios por nuestro progreso y por nuestros logros. Eso es legalismo.

El hecho es que por mucho que lo estemos haciendo, por mucho progreso que estemos haciendo, no lo estamos haciendo lo suficientemente bien. Nuestro progreso no es suficiente si va a ser medido por la ley. Pero Dios no nos mide de esa manera. Él solo nos ve en Cristo. Dios no ve en nosotros la vileza del pecador. La ley no tiene poder para condenar a alguien que está escondido en Cristo. Deseas honrar a su Salvador, sin embargo muchas veces tropiezas, pecas, cometes errores. Pero aun así,  eres aceptado en Cristo. Se cuenta como si hicieras el 100 % correcto, el 100 %, ¡incluso cuando lo acabas de hacer todo mal, todo al revés! Sin embargo hay que señalar que ningún verdadero cristiano persigue voluntariamente el mal conocido. Lo que haces mal es por la naturaleza pecaminosa que aún mora en nosotros.

Nuestros errores no tienen poder para dañarnos si confiamos en Cristo. Fueron colocados en la cruz. Así que te sugiero que pidas perdón, pero no te centres en tus errores. Piensa en lo que Cristo hizo en la cruz con los pecados de todas las personas. No seas un legalista con otros ni contigo mismo. No busques hacer cosas buenas ante Dios o ante los demás para compensar algún mal que has hecho.

Afortunadamente, la salvación solo requiere fe como un grano de mostaza. Eso puede ahorrarnos muchos dolores de cabeza. Más fe que eso puede traer bendición tras bendición, pero eso, una semilla de mostaza, te puede salvar. Pon tu fe en Jesús que ya pagó el precio de todos tus pecados.

– Desmond Ford.


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