La ley nos dice lo que debemos hacer, pero el Evangelio dice lo que Dios ha hecho. La ley dice: «Haz esto y vivirás». El evangelio proclama: «Vive, y harás». Dice la ley: «Págame lo que debes», pero el Evangelio anuncia: «Les perdono libremente a todos».

De la ley se nos dice: «La paga del pecado es la muerte». La palabra del Evangelio es mejor: «El don de Dios es la vida eterna». La ley afirma: «El alma que peca, esa morirá». El Evangelio responde: «Pero el que crea, aunque esté muerto, vivirá».

De la ley viene el decreto, “Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas”.   El evangelio canta: “Bienaventurado es el hombre cuyas iniquidades son perdonadas, cuyos pecados están perdonados”. La ley exige: “Hazte un corazón nuevo”. El evangelio promete: “Te daré un corazón nuevo”.

La ley insiste: “Debes amar al Señor con todo tu corazón, mente y fuerza”. El evangelio susurra: “Aquí está el amor, no en que nosotros amamos a Dios, sino que él nos amó y dio a su Hijo para el perdón de nuestro pecados «.

La ley trae condena y muerte, mientras que el evangelio transmite justificación y vida. La ley requiere santidad, pero el evangelio provee amor. Cuando se dio la ley, tres mil murieron rápidamente a causa de su rebelión. Cuando se proclamó el Evangelio en el Espíritu en Pentecostés, ¡tres mil penitentes vivieron!

La ley no tiene nada que decir sobre el perdón o la gracia. No ofrece poder. La ley nunca ejecuta nada. Es perfecta solo para gente perfecta.

Aunque el Nuevo Testamento nunca está en contra de la ley como norma, está en contra de la ley como método. De la ley solo vienen exigencias y órdenes. El evangelio ofrece perdón, justicia, poder y amor.

– Desmond Ford.


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