Sí, hay un Padre celestial amoroso, y no debemos dudar de que él quiere comunicarse con nosotros, aún desde mucho antes de que surgieran las imprentas, las computadoras o los teléfonos inteligentes. Debido a que hablar siempre debe ser una vía de dos sentidos, todos los grandes personajes de la Biblia eran personas que oraban. Abraham, Elías, Jeremías, todos los profetas, Samuel, Ana, Pedro y Pablo, eran personas que oraban. No es de extrañar entonces que la Biblia hable de la oración más de 350 veces.

Entonces, ¿qué es la oración? La oración es una necesidad para encontrar una voz. La oración es vergüenza en busca de alivio. Es deslizarse por una puerta abierta para encontrar a nuestro mejor Amigo en el universo. Recuerde, si viviéramos bajo la bendición constante del hecho supremo del universo de que Dios es amor, nuestras vidas estarían en paz constante.

La oración se desliza por una puerta que Dios ha abierto. La oración derrama el corazón. La oración es decirle a Dios lo que nos molesta, lo que nos preocupa. Es decirle a Dios cuando estamos agradecidos por su ayuda, cuando necesitamos su guía, cuando queremos su perdón, cuando hemos sido estúpidos, temerosos o ansiosos. Y cuando lo hemos estropeado todo. La oración es el niño que va al padre y lo expresa todo.

Un campesino ruso dijo de la oración: «Apoyo los codos en el marco de la ventana y lo miro y él me mira». La oración es compartir.

Phillips Brooks, el gran predicador que escribió, “O Little Town of Bethlehem”, vio a un niño de puntillas, tratando de presionar un timbre afuera de la puerta de una casa. Siendo un hombre de gran bondad, Phillips levantó al niño para que pudiera presionar el botón. Entonces el niño gritó: «¡Ahora corre!» y se escabulló de sus brazos y se deslizó. Phillips Brooks se quedó en la puerta para dar explicaciones.

La oración no es presionar el timbre y luego salir corriendo. La oración es escuchar además de hablar. La oración es la llave en la mano de la fe para abrir el almacén del cielo, donde se almacenan todos los tesoros de la omnipotencia.

– Desmond Ford.


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