Le amamos a él porque él nos amó primero (1 Juan 4. 19).

No es la vida de Cristo, ni las enseñanzas de Cristo, sino solo su muerte sacrificial lo que proporciona la motivación que necesitamos en nuestra vida cristiana. Cuando, a través de la fe, enfocamos nuestros ojos en Cristo en la Cruz, y lo recibimos como nuestro Redentor personal, nos unimos al poder mismo del trono celestial.

Saber que somos amados, a pesar de lo que somos, nos inclina a amar a los demás, a pesar de lo que son. Ver la evidencia de la paciencia de Dios hacia nosotros nos inspira a ser pacientes con quienes nos rodean.

Vislumbrar la esperanza del Paraíso ofrecida a un ladrón penitente despierta en nosotros una esperanza inquebrantable que puede trascender «las hondas y las flechas de la escandalosa fortuna».

La Cruz nos recuerda constantemente que a través de Jesucristo, nosotros también morimos ese día. Ahora somos suyos, y la única vida que tenemos es la que él nos ha dado.

La muerte de Jesús nos enseña que no somos nuestros, porque fuimos comprados por un precio. Cuando entendemos completamente esta gran verdad, ya no queremos vivir para nosotros mismos, sino para aquel que murió por nuestro bien y resucitó. Cualquier bien que hagamos no es más que un eco del bien de Dios.

– Desmond Ford

Piensa cuidadosamente en lo que realmente es el centro de tu existencia. ¿Es tu comunidad, tus amigos, tu trabajo, tu iglesia? ¿Cómo sería tu vida si reconocieras al Calvario como el centro de tu existencia?


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