Cuando nuestro Señor Jesucristo fue bautizado, él fue bautizado por todo el mundo. Sus milagros fueron un símbolo de la sanidad para todo el mundo. La alimentación a la multitud fue un símbolo de que él es el pan para todo el mundo. Todo lo que nuestro Señor hizo fue representativo. No hay un acto privado de Cristo en todos los evangelios. Ni uno. Todo lo que hizo tiene un significado infinito y una profundidad infinita.

La esencia del evangelio es que presenta a Jesús como el representante de toda la humanidad.

Dios podría haber tratado con nosotros uno por uno. Uno por uno, al nacer, pudo haber presentado el Árbol del Conocimiento y haber dicho: “Toma tu elección. Mantente alejado de esto y vive para siempre. Cómelo, y muere”. Pero Dios no hizo eso. Dios trató con nosotros sobre la base de la representación.

Adán representó a la raza humana. Si Adán hubiera sido un vencedor victorioso, también lo hubieran sido todos sus sucesores. Sus hijos, sus nietos. Tú y yo habríamos sido victoriosos, porque él nos representó.

Pero Adán falló. Nos metió a todos en el tema del pecado. Nos arruinó el principio de representación.

A través de Jesús, somos salvos en el principio de representación. No puedes entender la historia de Jesús a menos que veas esto.

“El amor de Cristo nos impulsa, porque estamos convencidos de que uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron. Y él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado” (2 Corintios 6. 15-16)

Nunca olvides. Moriste en la cruz del Calvario en tu representante, Jesús.

– Desmond Ford


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