«El fuego y la leña están aquí», dijo Isaac, «pero ¿Dónde está el cordero para el holocausto?» Abraham respondió: «Dios mismo proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío» (Génesis 22. 7–8).

La lección que Abraham aprendió cuando Dios lo llamó a sacrificar a su hijo fue que Dios proveerá. Para un sacrificio, se requerían tres cosas. Madera, fuego y cordero. Todas estas cosas solían llevarse consigo. Lo más importante, no podría haber un sacrificio sin un cordero.

En su viaje con su padre Abraham, Isaac se preguntó dónde estaba el cordero. Después de que Dios había provisto un cordero para el sacrificio, la fidelidad de Dios impresionó tanto a Abraham, que llamó al lugar, Jehová-jireh, que significa «El Señor proveerá» (v.14).

El viaje de Abraham al lugar donde Dios lo llamó a sacrificar a su hijo es una metáfora de la historia de los hombres y mujeres fieles de Dios desde la caída. El viaje comenzó con tristeza y confusión, pero continuó con fe, que Dios proporcionaría una salida: un sacrificio.

El gran tema del Antiguo Testamento es la promesa de que «El Señor proveerá», y el grito victorioso del Nuevo Testamento es «¡El Señor ha provisto!» (Rom 8. 32).

Usted y yo vivimos no en el tiempo de esperanzas sombrías y no realizadas, sino en el tiempo de su glorioso cumplimiento debido a la cruz y la resurrección de Cristo. ¡En verdad, el Señor ha provisto! No nos hemos quedado solos en la confusión y la impotencia (Salmo 23).

– Eliezer Gonzalez

Tu diálogo interno es un reflejo de tu comprensión de la realidad y también definirá cómo la ves. Piensa en tu propio diálogo interno. ¿Qué estrategia factible puedes poner en práctica para que tu diálogo interno esté más lleno de fe?


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