El que oye mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no vendrá a juicio, sino que ha pasado de muerte a vida (Juan 5. 24).

Adán, nuestro primer representante, nos arruinó a todos. Pero Cristo vino como el segundo Adán, el segundo representante de la raza humana, y nos redimió a todos. Legalmente y en la realidad esto es así. (1 Juan 4. 17).

Sólo esto puede explicar esas secciones misteriosas de la narración del Evangelio que nos hablan de la intensidad de la angustia mental de Cristo cuando sudaba grandes gotas de sangre y luego gritaba: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” No fue miedo de la muerte lo que explica la agonía de Cristo. Era la conciencia de que estaba sufriendo por los pecados de la raza humana. Él fue abandonado por Dios, o eso parecía, para que nosotros no lo seamos. En la cruz, Cristo gritó: «¿Por qué?» Fue para que nunca tengamos que llorar.

Los rayos del juicio golpearon al inocente Hijo de Dios para que los culpables pudieran encontrar seguridad en el Calvario. No es una parodia de la justicia. La ley inmutable de Dios fue más honrada por la muerte del Hijo infinito que si toda la raza humana culpable hubiera perecido.

Además, cualquiera que recibe el regalo de justicia comprado con sangre no puede permanecer igual. El perdón dado a los rebeldes disuelve su espíritu de rebelión.

– Desmond Ford

Ninguno de nosotros puede agradecer lo suficiente a Dios por la cruz, y todos tenemos algo del espíritu de rebelión dentro de nosotros. Tómate un tiempo para agradecer a Dios por el Calvario y pídele que disuelva tu espíritu de rebelión.


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